«CHRISTIFIDELES
LAICI»
Exhortación
apostólica del Papa JUAN PABLO II
Podemos concluir
releyendo una hermosa página de san Francisco de Sales, que tanto ha promovido la
espiritualidad de los laicos.[3] Hablando de la "devoción", es decir, de
la perfección cristiana o "vida según el Espíritu", presenta de manera simple
y espléndida la vocación de todos los cristianos a la santidad y, al mismo tiempo, el
modo específico con que cada cristiano la realiza: "En la creación Dios mandó a
las plantas producir sus frutos, cada una 'según su especie' (Gn 1, 11). El mismo
mandamiento dirige a los cristianos, que son plantas vivas de su Iglesia, para que
produzcan frutos de devoción, cada uno según su estado y condición. La devoción debe
ser practicada en modo diverso de la practicada por el
hidalgo, por el artesano, por el sirviente, por el príncipe, por la viuda,
por la mujer soltera y por la casada. Pero esto no basta; es necesario además conciliar
la práctica de la devoción con las fuerzas, con las obligaciones y deberes de cada
persona (...) . Es un error - mejor dicho, una herejía - pretender excluir el ejercicio
de la devoción del ambiente militar, del taller de los artesanos, de la corte de los
príncipes, de los hogares de los casados. Es verdad, Filotea, que la devoción puramente
contemplativa, monástica y religiosa sólo puede ser vivida en estos estados, pero
además de estos tres tipos de devoción, hay muchos otros capaces de hacer perfectos a
quienes viven en condiciones seculares. Por eso, en cualquier lugar que nos encontremos,
podemos y debemos aspirar a la vida perfecta".[4]
Colocándose en
esa misma línea, el concilio Vaticano II escribe: "Este comportamiento espiritual de
los laicos debe asumir una peculiar característica del estado de matrimonio y familia, de
celibato o de viudez, de la condición de enfermedad, de la actividad profesional y
social. No dejen, por tanto, de cultivar constantemente las cualidades y las dotes
otorgadas correspondientes a tales condiciones, y de servirse de los propios dones
recibidos del Espíritu Santo".[5]
Lo que vale para
las vocaciones espirituales vale también, y en cierto sentido con mayor motivo, para las
infinitas diversas modalidades según las cuales todos y cada uno de los miembros de la
Iglesia son obreros que trabajan en la viña del Señor, edificando el cuerpo místico de
Cristo. En verdad, cada uno es llamado por su nombre, en la unicidad e irrepetibilidad de
su historia personal, a aportar su propia contribución al advenimiento del reino de Dios.
Ningún talento, ni siquiera el más pequeño puede ser escondido o quedar inutilizado
(cfr. Mt 25, 24-27).
[1] Cfr. PI0 XII, const. apostólica Provida Mater (2 de febrero de 1947): AAS 39 (1947) 114-124; C.I.C., c. 573.
[2] Propositio, 6.
[3] Cfr. PABLO VI, carta apostólica Sabaudiae gemma (29 de enero de 1967): AAS 59 (1967) 113-123.
[4] SAN FRANCISCO DE SALES, Introduction à la vie dévote I, III: Oeuvres complètes, Monastère de la Visitation, Annecy 1893, III, 19-21.
[5] VATICANO II, decreto sobre el apostolado de los laicos Apostolicam actuositatem, 4.