PABLO
VI
A
LOS PARTICIPANTES
EN
EL ENCUENTRO INTERNACIONAL
DE
INSTITUTOS SECULARES*
3.
Estamos informados de los cuidados con que os atiende el Dicasterio de la Curia romana,
encargado de guiaros y asistiros; y conocemos sobradamente la relación de los temas
tratados con mucha profundidad durante vuestro Congreso; no vamos a repetir lo que se ha
expuesto ya con tanta competencia. Más que delinear otra vez ese cuadro canónico, -si
hemos de deciros una palabra en esta circunstancia - preferimos fijarnos discreta y
sobriamente en el aspecto psicológico y espiritual de vuestra peculiar entrega al
seguimiento de Cristo.
4.
Por
un instante, pongamos la mirada en el origen de este fenómeno, en el origen interior, en
el origen personal y espiritual, en vuestra vocación, que si presenta muchos caracteres
comunes a otras vocaciones que florecen en la Iglesia de Dios, hay algunos propios que la
distinguen y merecen una consideración específica.
5.
Queremos señalar, ante todo, la importancia de los actos reflejos en la vida del hombre;
actos reflejos muy estimados en la vida cristiana y muy interesantes, especialmente en
ciertos períodos de la edad juvenil, porque son determinantes. A estos actos reflejos
llamamos conciencia; y sabe bien cada uno qué significa y qué vale la conciencia.
6.
De la conciencia se habla mucho hoy, comenzando por el continuo reclamo a su lejano
alborear socrático; y luego, a su despertar debido principalmente al cristianismo, bajo
cuyo influjo -como dice un historiador - "el fondo del alma ha sido cambiado"
(cfr. TAINE,III,125).
7.
Llamamos aquí la atención sobre aquel momento especial conocido de todos vosotros, en
que la conciencia psicológica, es decir, la percepción interior que el hombre tiene de
sí mismo, se convierte en conciencia moral (cfr. santo Tomás, 1, 73, 13), en el acto en
que la conciencia psicológica advierte la exigencia de obrar según una ley, pronunciada
dentro del hombre, escrita en su corazón, pero que obliga, fuera, en la vida real, con
responsabilidad transcendente y, en la cumbre, queda relacionada con Dios; por lo cual, se
hace conciencia religiosa. De ella habla el Concilio: "En lo más profundo de su
conciencia descubre el hombre la existencia de una ley que él no se dicta a sí mismo,
pero a la cual debe obedecer y, cuya voz resuena, cuando es necesario, en los oídos de su
corazón, advirténdole que debe amar y practicar el bien y que debe evitar el mal: haz
esto, evita aquello. Porque el hombre tiene una ley escrita en el corazón por Dios, en
cuya obediencia consiste la dignidad humana y por la cual será juzgado personalmente. La
conciencia es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que éste se siente
a solas con Dios" (Gaudium et spes, 16).
(Aquí el Concilio hace referencia a un maravilloso discurso del Papa Pío XII, del 23 de
marzo de 1952, Discorsi ... 14,p. 19ss.).
8.
En esta primera fase del acto reflejo que llamamos conciencia, surge en el hombre el
sentido de responsabilidad y de personalidad, el darse cuenta de los principios
existenciales y de su desarrollo lógico. Este desarrollo lógico en el cristiano, que
evoca el mismo carácter bautismal, engendra los conceptos fundamentales de la teología
sobre el hombre, que sabe y se siente hijo de Dios, miembro de Cristo, incorporado a la
Iglesia (revestido de aquel sacerdocio común de los fieles, cuya fecunda doctrina ha
acordado el Concilio (cfr. Lumen gentium, 10-11),
del cual nace el compromiso de todo cristiano a la santidad (cfr. ibid. 39-40), a la plenitud de la vida cristiana,
a la perfección de la caridad.
9.
Esta conciencia, este compromiso, en un momento dado, no sin un rayo fulgurante de la
gracia, se ilumina interiormente y se hace vocación. Vocación a una respuesta total.
Vocación a una verdadera y completa profesión de los consejos evangélicos para unos,
vocación sacerdotal para otros. Vocación a la perfección para todo aquel que percibe el
hechizo interior. Vocación a una consagración, mediante la cual el alma se da a Dios, en
un acto supremo de voluntad y a la vez de abandono, de entrega de sí mismo. La conciencia
se erige en altar de inmolación: "sea tu altar mi conciencia", reza San
Agustín (En. in Ps. 49; P.L. 36.578); es como
el "fiat" de la Virgen en la anunciación del ángel.
10.
Estamos aún en la zona de los actos reflejos, esta zona que llamamos vida interior, que
desde este momento desemboca en diálogo; el Señor está presente: "sedes est (Dei) conscientia piorum", dice
también san Agustín (En. in Ps. 45; P.L
35,520). La conversación se dirige al Señor, pero en busca de determinaciones
prácticas; como San Pablo en el camino de Damasco: "Señor, ¿qué quieres que
haga?" (Hch 9,5). Ahora la consagración bautismal de la gracia se hace consciente y
se expresa en consagración moral, querida y ampliada a los consejos evangélicos,
dirigida a la perfección cristiana; y ésta es la decisión primera, la capital, la que
cualificará toda la vida.
11.
¿Y la segunda? Aquí está la novedad, aquí está vuestra originalidad. ¿Cuál será en
la práctica la segunda decisión? ¿Cuál la elección del modo de vivir esa
consagración? ¿Abandonaremos o podremos conservar nuestra forma secular de vida? Ésta
es vuestra pregunta; la Iglesia ya ha respondido; sois libres para elegir; podéis
continuar siendo seculares. Guiados por motivos múltiples que habéis ponderado
seriamente, habéis escogido y habéis decidido: continuamos como seculares, es decir, en
la forma común a todos, en la vida temporal; y, con una sucesiva elección en el ámbito
del pluralismo consentido a los Institutos Seculares, cada uno se ha determinado según
sus preferencias. Vuestros Institutos se llaman por ello seculares, para distinguirse de
los religiosos.
12.
No se ha dicho que vuestra elección, en relación con el fin de la perfección cristiana
que también buscáis, sea fácil, porque no os aleja del mundo, de la profanidad de la
vida, en que los valores que más cuentan son los temporales, y en que tan a menudo las
normas morales están expuestas a continuas y formidables tentaciones. Por lo tanto,
vuestra disciplina moral habrá de estar siempre en estado de alerta y de iniciativa
personal y habrá de conseguir en cada momento la rectitud de vuestro obrar en el sentido
de vuestra consagración: el "abstine et
sustine" de los moralistas jugará un constante papel en vuestra espiritualidad.
He aquí un nuevo y habitual reflejo, un estado de interioridad personal, que acompaña el
desarrollo de la vida interior.
13.
Y tendréis así un campo propio e inmenso en que dar cumplimiento a vuestra tarea doble:
vuestra santificación personal, vuestra alma, y aquella "consecratio mundi", cuyo delicado compromiso,
delicado y atrayente, conocéis; es decir, el campo del mundo; del mundo humano, tal como
es, con su inquieta y seductora actualidad, con sus virtudes y sus pasiones, con sus
posibilidades para el bien y con su gravitación hacia el mal, con sus magníficas
realizaciones modernas y con sus secretas deficiencias e inevitables sufrimientos: el
mundo. Camináis por el borde de un plano inclinado que intenta el paso a la facilidad del
descenso que estimula la fatiga de la subida.
14.
Es un camino difícil, de alpinista del espíritu. Mas en este vuestro atrevido programa,
recordad tres cosas: vuestra consagración no será sólo un compromiso, será una ayuda,
un sostén, un amor, una dicha, a donde podréis recurrir siempre; una plenitud que
compensará toda renuncia y que os dispondrá para aquella maravillosa paradoja de la
caridad: dar, dar a los otros, dar al prójimo, para poseer en Cristo.
15.
Otra cosa que no hay que olvidar: estáis en el mundo, pero no sois del mundo, sino para
el mundo. El Señor nos ha enseñado a descubrir debajo de esta fórmula que parece un
juego de palabras, la misión suya y nuestra de salvación. Recordad que vosotros,
precisamente por pertenecer a Institutos Seculares, tenéis que cumplir una misión de
salvación entre los hombres de nuestro tiempo; hoy el mundo tiene necesidad de vosotros
que vivís en el mundo, para abrir al mundo los senderos de la salvación cristiana.
16.
Y ahora os hablaremos de un tercer tema: de la Iglesia. También ella viene a formar parte
de aquella reflexión a que hemos aludido: se convierte en el tema de una meditación
continua, que podemos llamar el "sensus
Ecclesiae", presente en vosotros como
una atmósfera interior. Ciertamente vosotros habéis gustado la embriaguez de este
aliento, su inagotable inspiración, en la que los motivos de la teología, y de la
espiritualidad, especialmente después del Concilio, infunden un soplo tonificante. Que
tengáis siempre presente alguno de estos motivos: pertenecéis a la Iglesia con un
título especial, vuestro título de consagrados seculares; pues bien, sabed que la
Iglesia tiene confianza en vosotros. La Iglesia os sigue, os sostiene, os considera suyos,
como hijos de elección, como miembros activos y conscientes, firmemente adheridos y
también muy entrenados para el apostolado, dispuestos al testimonio silencioso, al
servicio y al mismo sacrificio si fuere necesario.
17.
Sois laicos que convertís la propia profesión cristiana en una energía constructiva
dispuesta a sostener la misión y las estructuras de la Iglesia, las diócesis, las
parroquias, de modo especial las instituciones católicas y alentar la espiritualidad y la
caridad.
18.
Sois laicos que por experiencia directa podéis conocer mejor las necesidades de la
Iglesia terrena y quizá estáis también en condición es de descubrir sus defectos;
vosotros no os dedicáis a críticas corrosivas y ruines de esos defectos; ni los
presentáis como pretexto para alejaros o estar apartados con posturas de egoísmo y
desdén; esos defectos os sirven de estímulo para una ayuda más humilde y filial para un
amor más acendrado.
19.
Vosotros, Institutos Seculares de la Iglesia de hoy, llevad nuestro saludo alentador a
vuestros hermanos y hermanas; recibid nuestra bendición apostólica.
Roma,
26 de septiembre de 1970
* El texto original es en italiano.