JUAN PABLO II
SEGUIR A
JESUCRISTO VIRGEN, POBRE
Y OBEDIENTE EN
LA CONDICIÓN DE VIDA
DEL PROPIO
ESTADO SECULAR*
La solicitud
maternal y el sabio afecto de la Iglesia hacia sus hijos, que entregan su vida a Cristo en
las diversas formas de consagración especial se expresó hace cincuenta años en la
constitución apostólica Provida Mater Ecclesia, que
quiso dar una nueva organización canónica a la experiencia cristiana de los Institutos
Seculares (cfr. AAS 39 -1947-, 114-124).
Pío XII, mi
predecesor de venerada memoria, anticipando con feliz intuición algunos temas que
encontrarían en el concilio Vaticano II su adecuada formulación, confirmó con su
autoridad apostólica un camino y una forma de vida que ya desde hacía un siglo habían
atraído a muchos cristianos, hombres y mujeres: se comprometían a seguir a Cristo virgen, pobre y obediente, permaneciendo en la condición de vida del propio estado secular. En
esta primera fase de la historia de los Institutos Seculares, es hermoso reconocer la
entrega y el sacrificio de tantos hermanos y hermanas en la fe que afrontaron con
intrepidez el desafío de los tiempos nuevos. Dieron un testimonio coherente de verdadera
santidad cristiana en las condiciones más diversas de trabajo, casa e inserción en la
vida social, económica y política de las comunidades humanas a las que pertenecían.
No podemos olvidar
la inteligente pasión con la que algunos grandes hombres de Iglesia acompañaron este
camino durante los años que precedieron inmediatamente a la promulgación de la Provida Mater Ecclesia. De todos ellos, además
del mencionado Pontífice, me complace recordar con afecto y gratitud al entonces
sustituto de la Secretaría de Estado, el futuro Papa Pablo VI, monseñor Giovanni
Battista Montini, y a quien cuando fue publicada la constitución apostólica era
subsecretario de la Congregación de los religiosos, el venerado cardenal Arcadio
Larraona, quienes desempeñaron un papel importante en la elaboración y definición de la
doctrina y de las opciones canónicas contenidas en el documento.
Una
visión profética
2. A medio siglo
de distancia, la Provida Mater Ecclesia conserva
aún gran actualidad. Lo habéis puesto de manifiesto durante los trabajos de vuestro
simposio internacional. Más aún se caracteriza por su inspiración profética, que merece destacarse. En
efecto la forma de vida de los Institutos Seculares se muestra hoy más que nunca, como
una providencial y eficaz modalidad de testimonio evangélico en las circunstancias
determinadas por la actual condición cultural y social en la que la Iglesia está llamada
a vivir y a ejercer su propia misión. Con la aprobación de estos institutos, la
constitución, coronando una tensión espiritual que animaba la vida de la Iglesia, por lo
menos desde los tiempos de san Francisco de Sales, reconocía que la perfección de la
vida cristiana podía y debía vivirse en toda circunstancia y situación existencial,
pues la vocación a la santidad es universal (cfr. Provida
Mater Ecclesia, 118). En consecuencia, afirmaba que la vida religiosa - entendida en
su propia forma canónica - no agotaba en sí misma toda posibilidad de seguimiento
integral del Señor, y deseaba que por la presencia y el testimonio de la consagración
secular tuviera lugar una renovación cristiana de la vida familiar, profesional y social,
gracias a la cual surgieran formas nuevas y eficaces de apostolado, dirigidas a personas y
ambientes normalmente alejados del Evangelio y casi impenetrables a su anuncio.
Transformar
el mundo desde dentro
3. Hace ya
algunos años, dirigiéndome a los participantes en el II Congreso Internacional de los
Institutos Seculares, afirmaba que se encuentran "en el centro, por así decir, del
conflicto que desasosiega y desgarra el alma moderna" (L'Osservatore Romano, edición en lengua
española, 21 de septiembre de 1980, p. 2). Con esas palabras deseaba yo hacerme eco de
algunas consideraciones de mi venerado predecesor Pablo VI, que había dicho que los
Institutos Seculares eran la respuesta a una inquietud profunda: la de encontrar el camino
de la síntesis entre la plena consagración de la vida según los consejos evangélicos y
la plena responsabilidad de una presencia y de una acción que transforme el mundo desde
dentro, para plasmarlo, perfeccionarlo y santificarlo (cfr. L'Osservatore Romano, edición en lengua española,
13 de febrero de 1972, p. 1).
En efecto, por una
parte, asistimos a la rápida difusión de formas de
religiosidad que proponen experiencias fascinantes, y en algunos casos también
comprometedoras y exigentes. Pero el énfasis se pone en el nivel emotivo y sensible de la experiencia, más
que en el ascético y espiritual. Se puede reconocer que tales formas de religiosidad
tratan de responder a un anhelo cada vez más renovado de comunión con Dios y de
búsqueda de la verdad última sobre Él y sobre el destino de la humanidad. Y se
presentan con el atractivo de la novedad y del fácil universalismo. Pero estas
experiencias suponen una concepción ambigua de Dios, que no corresponde a la que ofrece
la Revelación. Además, están desarraigadas de la realidad y de la historia concreta de
la humanidad.
A esta
religiosidad se contrapone una falsa concepción de
la secularidad, según la cual Dios es ajeno a la construcción del futuro de la
humanidad. La relación con él se considera una elección privada y una cuestión
subjetiva, que al máximo se puede tolerar, siempre que no pretenda influir de alguna
manera en la cultura o en la sociedad.
Un
gran desafío
4. ¿Cómo
afrontar, por tanto, este gran conflicto que afecta al espíritu y al corazón de la
humanidad contemporánea? Se convierte en un
desafío para el cristiano: el desafío de transformarse en agente de una nueva
síntesis entre la máxima adhesión posible a Dios y a su voluntad y la máxima
participación posible en las alegrías y esperanzas, angustias y dolores del mundo, para
orientarlos hacia el proyecto de salvación integral que Dios Padre nos ha manifestado en
Cristo y que continuamente pone a nuestra disposición por el don del Espíritu Santo.
Los miembros de
los Institutos Seculares se comprometen precisamente a realizar esto, expresando su plena
fidelidad a la profesión de los consejos evangélicos en una forma de vida secular, llena
de riesgos y exigencias con frecuencia imprevisibles, pero con una gran potencialidad
específica y original.
Testigos
de Cristo
5. Portadores
humildes y convencidos de la fuerza transformadora del reino de Dios y testigos valientes
y coherentes del deber y de la misión de evangelización de las culturas y de los
pueblos, los miembros de los Institutos Seculares son, en la historia, signo de una
Iglesia amiga de los hombres, capaz de ofrecer consuelo en todo tipo de aflicción y
dispuesta a sostener todo progreso verdadero de la convivencia humana, pero, al mismo
tiempo, intransigente frente a toda elección de muerte, de violencia, de mentira y de
injusticia. También son para los cristianos signo y exhortación a cumplir el deber de
cuidar, en nombre de Dios, una creación que sigue siendo objeto del amor y la
complacencia de su Creador, aunque esté marcada por la contradicción de la rebeldía y
del pecado, y necesite ser liberada de la corrupción y la muerte.
¿Acaso hay que
sorprenderse de que el ambiente en que deberán actuar esté frecuentemente poco dispuesto
a comprender y aceptar su testimonio?
La Iglesia espera
hoy hombres y mujeres que sean capaces de dar un testimonio renovado del Evangelio y de
sus exigencias radicales, estando dentro de la condición existencial de la mayoría de
las personas. Y también el mundo, con frecuencia sin darse cuenta, desea el encuentro con
la verdad del Evangelio para un progreso verdadero e integral de la humanidad, según el
plan de Dios.
En esa situación,
es necesario que los miembros de los Institutos Seculares tengan una gran determinación y
una límpida adhesión al carisma típico de su consagración: el de realizar la síntesis
de fe y vida, de Evangelio e historia humana, y de entrega integral a la gloria de Dios y
disponibilidad incondicional a servir a la plenitud de la vida de sus hermanos y hermanas
en este mundo.
Los miembros de
los Institutos Seculares se encuentran, por vocación y misión, en una encrucijada donde
coinciden la iniciativa de Dios y la espera de la creación: la iniciativa de Dios, que
llevan al mundo mediante su amor y su unión íntima con Cristo; la espera de la
creación, que comparten en la condición diaria y secular de sus semejantes, viviendo las
contradicciones y las esperanzas de todo ser humano, especialmente de los más débiles y
de los que sufren.
En cualquier caso,
a los Institutos Seculares se les confía la responsabilidad de recordar a todos esta
misión, testimoniándola con una consagración especial, con la radicalidad de los
consejos evangélicos, para que toda la comunidad cristiana realice cada vez con mayor
empeño la tarea que Dios, en Cristo, le ha encomendado con el don de su Espíritu (cfr.
exhortación apostólica Vita consecrata, 17-22).
Levadura
y sal del mundo
6. E1 mundo
contemporáneo es particularmente sensible ante el testimonio de quien sabe aceptar con
valentía el riesgo y la responsabilidad del
discernimiento de su tiempo y del proyecto de edificación de una humanidad nueva y
más justa. Nos ha tocado vivir en un tiempo de grandes transformaciones culturales y
sociales.
Por este motivo,
es cada vez más evidente que la misión del cristiano en el mundo no puede reducirse a un
puro y simple ejemplo de honradez, competencia y fidelidad al deber. Todo esto se supone.
Se trata de revestirse de los mismos sentimientos de Cristo Jesús para ser signos de su
amor en el mundo. Este es el sentido y la finalidad de la auténtica secularidad cristiana
y, por tanto, el fin y el valor de la consagración cristiana que se vive en los
Institutos Seculares.
En esta línea es
muy importante que los miembros de los Institutos Seculares vivan intensamente la
comunión fraterna, tanto dentro del propio instituto como con los miembros de otros
institutos. Precisamente porque están inmersos como la levadura y la sal en el mundo,
deberían considerarse testigos privilegiados del valor de la fraternidad y de la amistad
cristiana, hoy tan necesarias, sobre todo en las grandes áreas urbanizadas, donde se
halla gran parte de la población mundial.
Albergo la
esperanza de que cada Instituto Secular se convierta en un gimnasio de amor fraterno, en
una hoguera encendida, que proporcione luz y calor a muchos hombres y mujeres para la vida
del mundo.
María,
vuestro modelo
7. En fin, pido
a María que dé a todos los miembros de los Institutos Seculares la lucidez con que ella
mira la situación del mundo, la profundidad de su fe en la palabra de Dios y la prontitud
de su disponibilidad a realizar sus misteriosos designios, para una colaboración cada
vez más eficaz en la obra de la salvación
Al depositar en
sus manos maternas el futuro de los Institutos Seculares, porción elegida del pueblo de
Dios, os imparto la bendición apostólica a cada uno de vosotros, y con mucho gusto la
extiendo a todos los miembros de los Institutos Seculares esparcidos en los cinco
continentes (Original italiano en O.R. 2-2-97).
Juan
Pablo II
* Original italiano en O.R. 2-2-97.