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JUAN PABLO II

 

MISIÓN Y PERSPECTIVAS PARA EL AÑO 2000

 

 Queridísimos hermanos y hermanas de los Institutos Seculares:

Vocación a la santidad

1. Con gran alegría os recibo con motivo de vuestro IV Congreso mundial y os doy las gracias por esta numerosa y significativa presencia. Sois representantes cualificados de una realidad eclesial que ha sido, sobre todo en este siglo, signo de una "moción" especial del Espíritu Santo en el seno de la Iglesia de Dios. Efectivamente, los Institutos Seculares han evidenciado claramente el valor de la consagración, incluso para quienes trabajan "en el siglo" es decir, para quienes están insertos en las actividades terrenas, como sacerdotes seculares y, sobre todo, como seglares, Es más, para el laicado, la historia de los Institutos Seculares marca una etapa preciosa en el desarrollo de la doctrina sobre la naturaleza peculiar del apostolado laical y en el reconocimiento de la vocación universal de los fieles a la santidad y al servicio a Cristo.

 

Vuestra misión se sitúa hoy en una perspectiva consolidada por una tradición teológica: ésta consiste en la consacratio mundi, es decir, en reconducir a Cristo, como a una sola Cabeza, todas las cosas (cfr. Ef 1,10), actuando, desde dentro, en las realidades terrenas.

 

Me congratulo por el tema elegido para la presente asamblea: "La misión de los Institutos Seculares en el mundo del 2000". Se trata, en realidad, de un tema complejo, que sintoniza con las esperanzas y expectativas de la Iglesia en su próximo futuro.

 

Este programa es tanto más estimulante para vosotros, por el hecho de que abre a vuestra vocación específica y a vuestra experiencia espiritual los horizontes del tercer milenio de Cristo, con el fin de ayudaros a realizar, cada vez con mayor conciencia, vuestra llamada a la santidad viviendo en el siglo, y a colaborar mediante la consagración, vivida interiormente y auténticamente, en la obra de salvación y de evangelización de todo el pueblo de Dios.

Comunión eclesial

2. Saludo al cardenal Jean Jerôme Hamer, Prefecto de la Congregación para los Religiosos e Institutos Seculares, que os ha hablado sobre las conclusiones del reciente Sínodo de los obispos y sobre las consecuencias que tales conclusiones comportan para vuestra comunidad. A1 saludar a todos los colaboradores, a los organizadores y a cuantos estáis aquí presentes, así como a los hermanos y hermanas de los Institutos representados por vosotros, expreso a todos un deseo cordialísimo: que la presente asamblea sea una ocasión propicia para vivir una profunda experiencia de comunión eclesial, de solidaridad, de gracia y de consuelo para vuestro camino, y que ilumine con una luz especial vuestra vocación específica.

 

Laicos consagrados

 

3. El impacto con el tercer milenio de la era cristiana resulta, indudablemente, estimulante para cuantos desean dedicar su vida al bien y al progreso de la humanidad. Todos querríamos que la nueva Era se adecuara a la imagen que el Creador ha ideado para la humanidad. Él construye y conduce la historia, como historia de salvación para los hombres de todas las épocas. Por ello, cada uno de nosotros está llamado a comprometerse por realizar, en el nuevo milenio, un nuevo capítulo de la historia de la redención.

 

Vosotros queréis contribuir a la santificación del mundo desde dentro del mundo, in saeculo viventes, actuando desde el interior de las realidades terrenas, praesertim ab intus, según la ley de la Iglesia (cfr. Código de Derecho Canónico, canon 710).

 

Incluso en las condiciones de "secularidad", sois personas consagradas. De ahí la originalidad de vuestra tarea: sois, a pleno título, laicos; pero sois personas consagradas, os habéis unido a Cristo con una vocación especial, para seguirlo más de cerca, para imitar su condición de "Siervo de Dios", en la humildad de los votos de castidad, pobreza y obediencia.

 

En el mundo

 

4. Sois conscientes de compartir con todos los cristianos la dignidad de ser hijos de Dios, miembros de Cristo, incorporados a la Iglesia, dotados, por el bautismo, del sacerdocio común de los fieles. Pero habéis recibido además el mensaje unido intrínsecamente a esa dignidad: el compromiso de santidad, de perfección de la caridad; de corresponder a la llamada de los consejos evangélicos, en los que se realiza una entrega de sí mismo a Dios y a Cristo con corazón indiviso y con pleno abandono a la voluntad y a la guía del Espíritu. Ese compromiso lo lleváis a cabo no separándoos del mundo, sino desde el interior de las complejas realidades del trabajo, de la cultura, de las profesiones, de los servicios sociales de todo tipo. Lo cual significa que vuestras actividades profesionales y las condiciones que crea el compartir con otros seglares las preocupaciones terrenas, serán el campo de prueba, de desafío, la cruz, pero también la llamada, la misión y el momento de gracia y de comunión con Cristo, en el que se construye y desarrolla vuestra espiritualidad.

 

           Como sabéis muy bien, todo esto requiere un continuo progreso espiritual en vuestra manera de actuar frente a los hombres, a las realidades y a la historia. Se exige de vosotros la capacidad de acoger, en las vicisitudes del mundo, tanto en las pequeñas como en las grandes, una presencia, la presencia de Cristo Salvador, que camina siempre junto al hombre, incluso cuando éste lo ignora y lo niega. Esto exige, además, una atención permanente al significado salvífico de los acontecimientos diarios, para poder interpretarlos a la luz de la fe y de los principios cristianos.

 

Se exige de vosotros, por ello, una profunda unión con la Iglesia, fidelidad a su ministerio. Se os pide una adhesión amorosa y total a su pensamiento y a su mensaje, sabiendo muy bien que esto hay que realizarlo en virtud del vínculo especial que os une a ella.

 

Todo ello no significa disminuir la justa autonomía de los laicos en orden a la consagración del mundo; se trata más bien de situarla en la luz que le corresponde, para que no se debilite ni obre aisladamente. La dinámica de vuestra misión, tal y como vosotros la entendéis, lejos de alejaros de la vida de la Iglesia, se realiza en unión de caridad con ella.

 

 

El camino evangélico de la cruz

 

5. Otra exigencia fundamental consiste en la aceptación generosa y consciente del misterio de la cruz.

 

Toda acción eclesial está enraizada objetivamente en la obra de la salvación, en la acción redentora de Cristo y saca su fuerza del sacrificio del Señor, de su sangre derramada en la cruz. El sacrificio de Cristo, siempre presente en la obra de la Iglesia, constituye su fuerza  y su esperanza, su don de gracia más misterioso y mayor. La Iglesia sabe bien que su historia es historia de abnegación y e inmolación.

 

Vuestra condición de laicos consagrados os permite experimentar día a día la verdad de lo que acabamos de decir, incluso en el campo de actividad y de misión que desarrolla cada uno de vosotros. Sabéis cómo hay que entregarse para luchar contra sí mismos, contra el mundo y sus concupiscencias; pero sólo así se puede lograr esa verdadera paz interior, que únicamente Cristo puede y sabe dar.

 

Precisamente esta vía evangélica, recorrida con frecuencia en situaciones de soledad y de sufrimiento, es la vía que os da esperanza, pues en la cruz estáis seguros de estar en comunión con vuestro Redentor y Señor.

 

La obra de la redención

 

6. No os desanime el contexto de la cruz. Él os servirá de ayuda y de apoyo para dilatar la obra de la redención y llevar la presencia santificadora de Cristo entre los hermanos. Esa actitud vuestra manifestará la acción providente del Espíritu Santo, que "sopla donde quiere" (Jn 3,8). Sólo El puede suscitar energías, iniciativas, signos poderosos, mediante los cuales lleva a su realización la obra de Cristo.

 

La tarea de extender a todas las obras del hombre el don de la redención es una misión que os ha dado el Espíritu Santo; es una misión sublime, exige valentía, pero es siempre motivo de felicidad para vosotros, si vivís en la comunión de caridad con Cristo y con los hermanos.

 

La Iglesia del 2000 espera, pues, de vosotros una válida colaboración a lo largo del arduo recorrido de la santificación del mundo.

 

Os deseo que este encuentro fortifique verdaderamente vuestros propósitos e ilumine cada vez más vuestros corazones.

 

Con estos deseos os imparto gustosamente mi bendición apostólica, extensiva a las personas y a las iniciativas confiadas a vuestro servicio eclesial.

 

Roma 1988