JUAN
PABLO II
ANIMAR
LAS REALIDADES TEMPORALES
CON
EL ESPIRITU EVANGÉLICO
1.
Me siento verdaderamente feliz al recibiros una vez más, con ocasión del Congreso
mundial de los Institutos Seculares, convocado para tratar el tema: "Objetivos y
contenidos de la formación de los miembros de los Institutos Seculares".
Es el segundo encuentro que tengo con vosotros, y en los cuatro años que han
transcurrido desde el anterior, no han faltado ocasiones para dirigir la palabra a uno u
a otro Instituto.
He tenido una oportunidad especial, en la que he hablado de vosotros y para
vosotros. El año pasado, al finalizar la reunión plenaria en la que la Congregación
para los Religiosos e Institutos Seculares, trató sobre la identidad y la misión de
vuestros Institutos, recomendé, entre otras cosas, a los Pastores de la Iglesia
"facilitar entre los fieles una comprensión no aproximativa o acomodaticia, sino
exacta y que respete las características propias de los Institutos Seculares".[1]
También toqué un punto que entra en el tema de la formación, que afrontáis estos
días: por una parte, exhortando a los Institutos Seculares a hacer más intensa su
comunión eclesial; y, por otra, recordando a los obispos que ellos tienen la
responsabilidad de "ofrecer a los Institutos Seculares toda la riqueza doctrinal que
necesitan".[2]
Hoy me resulta muy grato dirigirme directamente a vosotros, Responsables de los
Institutos y Encargados de la formación, para confirmar la importancia y la grandeza de
la misión formativa. Se trata de un compromiso primario, entendido tanto en orden a la
propia formación, como en orden a la responsabilidad, de contribuir a la formación de
todos los que pertenecen al Instituto, con especial cuidado en los primeros años, pero
con prudente atención también después, siempre.
La
pedagogía de Jesús
2.
Ante todo y sobre todo, os exhorto a dirigir una mirada al Maestro Divino, a fin de
obtener luz para esta tarea.
Puede leerse también el Evangelio como relación de la obra de Jesús con sus
discípulos. Jesús proclama desde el comienzo el "alegre anuncio" del amor
paternal de Dios, pero luego enseña gradualmente la profunda riqueza de este anuncio, se
revela gradualmente a sí mismo y al Padre, con paciencia infinita, comenzando de nuevo,
si es necesario: «¿Tanto tiempo que hace que estoy con vosotros y no me habéis
conocido?» (Jn 14,9). Podemos leer el Evangelio también para descubrir la pedagogía de
Jesús, al dar a los discípulos la formación de base, la formación inicial. La
"formación permanente" - como se dice - vendrá después, y la realizará el
Espíritu Santo, que llevará a los Apóstoles a la comprensión de todo lo que Jesús les
había enseñado, les ayudará a llegar a la verdad completa, a profundizarla en la vida,
en un camino hacia la libertad de los hijos de Dios (cfr. Jn 14,26; Rm 8,14ss.) .
De esta mirada a Jesús y a su escuela viene la confirmación de una experiencia
que tenemos todos: ninguno de nosotros ha alcanzado la perfección a la que está
llamado, cada uno de nosotros está siempre en formación, está siempre en camino.
Escribe san Pablo que Cristo debe ser formado en nosotros (cfr. Ga 4, 19), así
como también podemos "conocer la caridad de Cristo, que supera toda ciencia"
(Ef 3, 19). Pero esta comprensión sólo será plena cuando estemos en la gloria del
Padre (cfr.1 Co 13,12) .
Es un acto de humildad, de valentía y de confianza tener conciencia de estar
siempre en camino, lo cual se ve y se aprende en muchas páginas de la Escritura. Por
ejemplo: el camino de Abraham desde su tierra a la meta que desconoce y a la cual lo llama
Dios (cfr. Gn 12,1ss.); el peregrinar del pueblo de Israel desde Egipto a la tierra
prometida, de la esclavitud a la libertad (cfr. Ex); la subida misma de Jesús hacia el
lugar y el momento en que, levantado de la tierra, atraerá todo a sí (cfr. Jn 12,32).
La
acción misteriosa de la gracia
3.
Acto de humildad, decía, que hace reconocer la propia imperfección; de valentía, para
afrontar la fatiga, las decepciones, las desilusiones, la monotonía de la repetición y
la novedad de volver a comenzar; sobre todo, de confianza, porque Dios camina con
nosotros, más aún: el camino es Cristo (cfr. Jn 14, 6) y el artífice primero y
principal de toda formación cristiana es, no puede ser otro, más que Él. Dios es el
verdadero Formador, aun sirviéndose de circunstancias humanas: "Señor, tú eres
nuestro Padre, nosotros somos la arcilla, y Tú nuestro alfarero, todos somos obra de tus
manos" (Is 64,7).
Esta convicción fundamental debe guiar el compromiso tanto para la propia
formación como para la aportación que podemos estar llamados a dar en la formación de
otras personas. Situarse con actitud justa en la tarea formadora, significa saber que es
Dios quien forma, no nosotros. Nosotros podemos y debemos convertirnos en ocasión e
instrumento suyo, respetando siempre la acción misteriosa de la gracia.
Por consiguiente, la tarea formadora sobre quienes nos han sido confiados está
orientada siempre, a ejemplo de Jesús, hacia la búsqueda de la voluntad del Padre:
"No busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió" (Jn 5,30) .
Efectivamente, la formación, en última instancia, consiste en crecer en la capacidad
de ponerse a disposición del proyecto de Dios sobre cada uno y sobre la historia, en
ofrecer conscientemente la colaboración a su plan de redención de las personas y de la
creación, en llegar a descubrir y a vivir el valor de la salvación encerrado en cada
instante: (Mt 6,9-10).
Construir
un mundo nuevo
4.
Esta referencia a la divina voluntad me lleva a recordar una orientación que ya os di
en nuestro encuentro de 1980: en cada momento de vuestra vida y en todas vuestras
actividades cotidianas debe realizarse "una disponibilidad total a la voluntad del
Padre, que os ha colocado en el mundo y para el mundo".[3]
Y esto -os decía además - significa para vosotros una especial atención a
tres aspectos que convergen en la realidad de vuestra vocación específica, en cuanto
miembros de Institutos Seculares.
El primer aspecto
se refiere a seguir a Cristo más de cerca por el camino de los consejos evangélicos, con
una donación total de sí a la persona del Salvador para compartir su vida y su misión.
Esta donación, que la Iglesia reconoce ser una especial consagración, se convierte
también en contestación a las seguridades humanas cuando son fruto del orgullo; y
significa más explícitamente el "mundo nuevo" querido por Dios e inaugurado
por Jesús (cfr. LG 42; PC 11) .
El segundo aspecto
es el de la competencia en vuestro campo específico, aun cuando sea modesto y común, con
la "plena conciencia del propio papel en la edificación de la sociedad" (AA.AA.
13), necesaria para servir con creciente generosidad y con suma "eficacia" a los
hermanos (GS 93). De este modo será más creíble el testimonio: "En esto conocerán
todos que sois mis discípulos: si tenéis amor unos para con otros" (Juan 13, 35) .
El tercer aspecto
se refiere a una presencia transformadora en el mundo, es decir a dar "una
aportación personal para que se cumplan los designios de Dios en la historia" (GS
34), animando y perfeccionando el orden de las realidades temporales con el espíritu
evangélico, actuando desde el interior mismo de estas realidades (cfr. LG 31; AA.AA
7,16,19).
Os deseo, como
fruto de este Congreso, que continuéis en la profundización, sobre todo llevando a la
práctica los medios útiles para poner el acento formativo en los tres aspectos aludidos
y en todo otro aspecto esencial, como, por ejemplo, la educación en la fe, en la
comunión eclesial, en la acción evangelizadora: y unificando todo en una síntesis
vital, precisamente para crecer en la fidelidad a vuestra vocación y vuestra misión, que
la Iglesia estima y os confía, pues reconoce que responden a las expectativas suyas y de
la humanidad.
Caridad,
testimonio y acción
5. Antes de
concluir, quisiera subrayar todavía un punto fundamental: esto es, que la realidad
última, la plenitud, está en la caridad. "El que vive en el amor permanece en Dios,
y Dios en él" (1 Jn 4,16). También la finalidad última de toda vocación cristiana
es la caridad; en los Institutos de vida consagrada, la profesión de los consejos
evangélicos viene a ser su camino maestro, que lleva a Dios amado sobre todas las cosas y
a los hermanos, llamados todos a la filiación divina.
Ahora bien, dentro
de la misión formadora, la caridad encuentra expresión y apoyo y madurez en la comunión
fraterna, para convertirse en testimonio y acción.
A vuestros
Institutos, a causa de las exigencias de inserción en el mundo, postuladas por vuestra
vocación, la Iglesia no les exige la vida común que, en cambio, es propia de institutos
religiosos. Sin embargo, pide una "comunión fraterna, enraizada y fundamentada en la
caridad", que haga de todos los miembros como "una familia peculiar" (canon
602); pide que los miembros de un mismo Instituto Secular "vivan en comunión entre
sí, tutelando con solicitud la unidad de espíritu y la fraternidad genuina" (canon
716,2) .
Si las personas
respiran esta atmósfera espiritual, que presupone la más amplia comunión eclesial, la
tarea formativa en su integridad no fallará en su finalidad.
Seguir
a Cristo y abrazar la cruz
6. Para
concluir, nuestra mirada retorna a Jesús.
Toda formación
cristiana se abre a la plenitud de la vida de los hijos de Dios, de manera que el sujeto
de nuestra actividad es, en el fondo, Jesús mismo: "Ya no vivo yo, es Cristo quien
vive en mí" (Gá 2,20). Pero esto sólo es verdad si cada uno de nosotros puede
decir: «Estoy crucificado con Cristo», ese Cristo "que se entregó por mí" (ibid.).
Es la ley sublime
del seguimiento de Cristo: abrazar la cruz. El
camino formativo no puede prescindir de ella.
Que la Virgen
Madre os sirva de ejemplo también a este propósito. Ella que - como recuerda el Concilio
Vaticano II - "mientras vivió en este mundo una vida igual a la de los demás, llena
de preocupaciones familiares y de trabajo" (AA) "avanzó en la peregrinación de
la fe, y mantuvo fielmente su unión con el Hijo hasta la cruz" (LG 58).
Y que sea prenda
de la protección divina la bendición apostólica, que de todo corazón os imparto a
vosotros y a todos los miembros de vuestros Institutos.
Roma
1984
[1] AAS, 75, n 9, 687, L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 12 de junio de 1983, 11.
[2] Ibid., 668, L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 1.c.
[3] AAS 72. n.7, 1021; L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 21 de septiembre de 1980, 2.